El “Che” en Los Chorrillos

Su espiritu aventurero llevo a Ernesto Guevara a emprender aventuras inimaginadas, es así que llega hasta la Cascada Los Chorrillos, experiencia que queda plasmada en su diario.

 

Sumergite aqui en esta historia de aventura y descubrimiento:

Buenos Aires.
Se inicia la década de los años 50 y los porteños celebran el Año Nuevo. La noche es clara. El joven Ernesto, de regular estatura, fornido y agradable rostro, enfundado en una cazadora de cuero negra, se acomoda la mochila a la espalda y monta en la bici-moto. Se despide de sus padres y hermanos presentes, quienes dudan de que pueda llegar más allá del pueblo del Pilar, o tal vez hasta el de Pergamino. Pone en marcha el motor y con su mejor sonrisa, exclama: “Chau incrédulos, hasta Córdoba no paro!”
Aunque no lo demuestra, su mente también está llena de dudas acerca de si la potencia del pequeño motor será capaz de llegar a la meta. La idea Inicial, “tomaría dos o tres puntos de la provincia de Córdoba (…)” Decide viajar de noche por ser más fresco el tiempo, pues es verano. Son muchos los autos con alegres pasajeros que le pasan por el costado, innumerables los árboles navideños, guirnaldas; y anuncios que ve en los comercios, donde parece que aún es de día. Algunos transeúntes le miran con curiosidad, pero sólo se detiene cuando la luz de los semáforos lo exige.
ERNESTO: “Al salir de San Isidro, pasando por la caminera, apagué el motorcito y seguí a pedal, por lo que fui alcanzado por otro raidista que se iba a fuerza de piernas a Rosario. Continuamos el camino juntos, pedaleando yo (…) cuando pasé por Pilar sentí ya la primera alegría del triunfador”. 1
Los ciclistas llegan a San Antonio de Areco ocho horas después y aquí se separan. Ernesto entra a Pergamino al atardecer. Se siente eufórico. “Ya era un triunfador, envalentonado olvidé mi fatiga y puse pie rumbo Rosario“. Allí llega a las 11 p.m. Ha roto los malos augurios de sus familiares y amigos y lo logra, enganchado a un camión. “El cuerpo pide gritos un colchón, pero la voluntad se opone y continúo la marcha.”
El viento húmedo anuncia agua, pero a él no le preocupa pues carga impermeable y una capa que su madre, previsora, le puso en la mochila. En la madrugada se desata la lluvia. Sonriente, exclama:“Puede llover todo lo que quiera!” Ha escampado cuando con el tenue sol de la mañana llega a Leones, mecaniquea y desayuna. A media mañana atraviesa Belliville y agarrado de un camión, se remonta hasta cerca de Villa Maria, donde realizó su primer trabajo como laboratorista de viales.
Su parada es fugaz, para calcular lo que le falta hasta Córdoba. Continúa remolcado por un auto, pero se le explota una goma y cae junto con la bicicleta. Por suerte, ninguno sufre daños de consideración. La aparatosa caída se hace acompañar de un fuerte ruido que despierta un linyera, que duerme debajo de una alcantarilla, quien acude a su ayuda. De este encuentro anotó:
“Iniciamos una conversación y cuando se enteró de que era estudiante, se encariño conmigo. Sacó un termo sucio y me preparó un mate cocido con azúcar como para endulzar a una solterona. Después de mucho charlar mutuamente una serie de peripecias, quizás con algo de verdad, pero muy adornadas, se acordó de sus tiempos de peluquero y, notando mi porra muy crecida, peló unas tijeras herrumbradas y un peine sucio y dio comienzo a su tarea. Al promediar la misma yo sentía en la cabeza algo raro y temía por mi integridad física, pero nunca imaginé que unas tijeras fueran tan peligrosas. Cuando me ofreció un espejito de bolsillo casi caigo de espaldas, la cantidad de escaleras era tal que no había un lugar sano”.
Córdoba.
El joven se despide muy agradecido por el te y el pelado, como no tiene repuesto debe esperar que algún carro lo transporte. Camina unas dos horas, hasta que un camión lo deja en Córdoba. Se dirige a fa casa de los Granado Jiménez –donde viven sus amigos, Alberto, Gregorio y Tomás – “meta de mis afanes”, ha demorado 41 horas y 17 minutos en los 700 km que distan de Buenos Aires. Luego de ver a su hermana que pasa las vacaciones allí escribe:
“Llevó mi cabeza pelada, como si fuera un trofeo, a casa de los Aguilar, cuando fui a visitar a Ana Maria, mi hermana, pero para mi sorpresa casi no le dieron importancia a la pelada y se maravillaron de que hubiera tomado el mate que me daban. En cuestión de opiniones no hay nada escrito”.
En esa casa de los Granados se hospeda cada vez que visita Córdoba. Gregorio le explica que Alberto se encuentra trabajando en el leprosario de San Francisco del Chañar, de donde regresa los fines de semanas, y que Tomás está de viaje y volverá dentro de dos días y entonces podrán ir a las cascadas del Chorrillo, en la región de Tanti.
Durante la espera repara la bicimoto, visita amistades y juega ajedrez con Gregorio. Antes de dormir lee, mientras toma mate. Con la llegada de Tomás, las charlas se vuelven más animadas, por las muchas cosas que los unen.
“El espectáculo de la cascada de los Chorrillos desde una altura de unos cincuenta metros, es lo que vale la pena ( … ) El chorro cae desparramándose en hilera de cascaditas múltiples que rebotan en cada piedra, hasta caer despedazados en una olla que se encuentra debajo, luego en profusión de saltos menores cae a una gran olla natural, la mayor que haya visto de este tamaño, pero que desgraciadamente recibe muy poca luz solar, de modo que el agua es extraordinariamente fría y sólo pude estar allí unos minutos.
La abundancia de agua que hay en todas las laderas vecinas, de donde brota formando manantiales, hace el lugar sumamente fértil y existen profusión de helechos y otras hierbas propias de los lugares húmedos, que dan al paisaje una belleza particular”. (2)
Situación peligrosa. El intrépido Ernesto sugiere subir donde comienza la cascada y llegar hasta Los Chorrillos, bajando por ella. Sólo Tomás acepta. Marchan con mantas y sogas. Ya al atardecer están cerca de la meta, pero no es posible continuar por lo intricado de la vegetación; molesto por no poder saciar sus deseos, Ernesto insiste. Tomás trata de convencerlo, pero nada. “Se me habla metido entre ceja y ceja bajar al chorrillo por la cascada, pero tuve que desistir e iniciar el descenso por una cortada a pique, la más difícil que encontré para sacarme el gusto”, anota Fuser.
El terreno no es firme y el andar es difícil. En poco tiempo ha dejado y atrás a su compañero quien lo pierde de vista en un recodo, por lo que regresa al campamento y cuenta lo sucedido, todos esperan que de un momento a otro Ernesto aparezca.
Mientras, el temerario alpinista baja como un bólido, agarrándose fuertemente de las ramas. Va feliz, vence uno tras otros los obstáculos, que le hacen caer más de una vez, pero se recupera y sigue el descenso. Ya está del camino, seguro de que llegaría de un memento a otro. No se detiene, un nuevo salto y, al caer, una pierna no le responde y comienza a rodar por el suelo. Junto con él arrastra piedras, palos, ramas secas y todo lo encuentra. Una polvareda lo envuelve. Quien hubiese podido verlo pensaría en un alud, que se estrellaría contra las rocas en la profundidad. Pero por suerte Ernesto logra asirse fuertemente de un pequeño tronco y se detiene. Jadeando, temeroso, lleno de tierra y sudoroso, contempla a pocos metros el vació, y respira profundo.
Convencido de que es imposible seguir bajando, con sumo cuidado se incorpora y ya más calmado, caminando como los ciegos –no da un paso sin estar seguro de que no será en falso– comienza el retorno, loma arriba. De aquella peligrosa experiencia anota: “Allí aprendí la ley primera del alpinismo: es más fácil subir que bajar”. Sus amigos se preocupan por la tardanza y al ver que la luz de fa tarde va extinguiendo, la inquietud los invade. De pronto escuchan a lo lejos voz: “Tomás, estoy aquí, voy para allaaaa…!”

 

1 Diario llevado por el joven Ernesto. Guevara Lynch: obra citada, p. 260.
2 Ibídem, p. 262.
Fuente: Revista La Jiribilla – Cuba

El Che